
Comentario de la primera carta de Juan, capítulo 1
El redactor de aquellas tres cartas es Juan, uno de los doce apóstoles de Jesucristo. También es el redactor del Evangelio que lleva su nombre y del libro Apocalipsis o Revelación. Leer las tres cartas es agradable porque no plantea ninguna dificultad importante de comprensión, también las ideas son muy instructivas al fortalecer nuestra fe en la esperanza de la vida eterna, gracias al sacrificio de Jesucristo (Juan 3:16,36). Cada idea importante escrita por el apóstol Juan será introducida con un comentario simple. Después de lo cual, puede haber un comentario que permita al lector ver cómo podemos ampliar la reflexión y la comprensión, con relación a la enseñanza presentada por el apóstol Juan.
La primera carta del apóstol Juan
Capítulo 1:
La introducción de la carta explica su objetivo principal, que es de testificar de la participación con Dios y su Hijo Jesucristo, en la esperanza de la vida eterna gracias al sacrificio de Cristo: « Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado atentamente y nuestras manos palparon, respecto a la palabra de la vida 2 (sí, la vida fue manifestada, y nosotros hemos visto y estamos dando testimonio e informándoles de la vida eterna que estaba con el Padre y nos fue manifestada), 3 lo que hemos visto y oído se lo estamos informando también a ustedes, para que ustedes también estén teniendo participación con nosotros. Además, esta participación nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. 4 De modo que escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea a plenitud. 5 Y este es el mensaje que hemos oído de él y les estamos anunciando: que Dios es luz y no hay oscuridad alguna en unión con él. 6 Si hacemos la declaración: “Tenemos participación con él”, y sin embargo seguimos andando en la oscuridad, estamos mintiendo y no estamos practicando la verdad. 7 Sin embargo, si andamos en la luz, como él mismo está en la luz, sí tenemos participación unos con otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado » (versículos 1-7).
El apóstol Juan escribe acerca de personas que pretenden no tener pecados, dejando a entender que no necesitan del valor expiatorio de la sangre de Cristo para obtener el perdón de los pecados: « Si hacemos la declaración: “No tenemos pecado”, a nosotros mismos nos estamos extraviando y la verdad no está en nosotros. 9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia. 10 Si hacemos la declaración: “No hemos pecado”, lo estamos haciendo mentiroso a él, y su palabra no está en nosotros » (versículos 8-10).
Jesucristo, durante su conversación con el maestro de la ley, Nicodemo, dijo que aquellos que se niegan a ejercer fe en su sacrificio, incurrirían la ira de Dios y, por lo tanto, no obtendrían la vida eterna: « Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que ejerce fe en él no sea destruido, sino que tenga vida eterna. (…) El que ejerce fe en el Hijo tiene vida eterna; el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él » (Juan 3:16,36).
Es posible que aquellas personas mencionadas por Juan, que afirmaban no tener pecado, pensaban que uno puede ser justo (o sin pecado) a los ojos de Dios, con una conducta correcta, y obtener la salvación con solo su propio mérito y sin tener que ejercer fe en el sacrificio de Cristo. Quizás fue el caso de los judíos de aquel entonces, quienes no ejercían fe en Jesús y que pensaban que la salvación podía simplemente obtenerse con una buena aplicación de la Ley mosaica. Esto es lo que el apóstol Pablo escribió sobre este tema: « Nosotros que somos judíos por naturaleza, y no pecadores de entre las naciones, sabiendo como lo sabemos que el hombre no es declarado justo debido a obras de ley, sino únicamente por medio de fe para con Cristo Jesús, hasta nosotros hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, para ser declarados justos debido a fe para con Cristo, y no debido a obras de ley, porque debido a obras de ley ninguna carne será declarada justa » (Gálatas 2:15,16).
Además, la condición pecaminosa del hombre no solo depende de su buen o mal comportamiento a los ojos de Dios, sino también, del hecho de que el pecado está en la carne, en los genes heredados de nuestro antepasado común, Adán. De hecho, incluso aquella persona que afirma no tener pecado no puede evitar la ley física del pecado, que nos lleva por fuerza y sin que podamos impedirlo, a la muerte: « Por eso, así como por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado. (…) Porque el salario que el pecado paga es muerte, pero el don que Dios da es vida eterna por Cristo Jesús nuestro Señor » (Romanos 5:12; 6:23). Por lo tanto, para salir de este túnel oscuro del pecado que desemboca a la tumba, no hay más remedio que reconocer nuestro estado pecaminoso y ejercer fe en el sacrificio de Cristo, para obtener la vida eterna (solo razonando con sabiduría práctica).
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Juan es uno de los doce apóstoles de Jesucristo. También es el redactor del Evangelio que lleva su nombre y del libro Apocalipsis o Revelación…
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